viernes, 23 de diciembre de 2011

ESTA PAZ HUELE MAL

El recién estrenado Ministro de Interior, Fernández Díaz, se ha manifestado como un contundente defensor de la paz social. Por eso ha lanzado un claro aviso a la insurgencia: Las porras de los cuerpos de seguridad serán las fuerzas pacificadoras que la garanticen. Así que ya estamos advertidos. En estos "recios" tiempos, dice el ministro citando a Santa Teresa, habrá que utilizar la mano izquierda y la derecha. Sobre todo la derecha que es la más diestra, valga la redundancia, a la hora de repartir hostias como panes entre esas pequeñas bombas de odio que han ocupado las calles últimamente. Pero no vayan a pensar que la amenaza va dirigida exclusivamente a los perro-flautas indignados. Entre los "apaleables" se incluyen las masas sociales u obreras que desafíen las anti-populares medidas que el nuevo gobierno piensa aplicar. Este debe ser el motivo por el que la única oferta de empleo público que nos espera en el futuro inmediato sea de carácter policial. Más madera para avivar la hoguera que reducirá a cenizas nuestra posibilidad de replicar al expolio que nos aguarda. Alguno sostendrá la peregrina ilusión de que nuestra Constitución garantiza el derecho de reunión, manifestación y huelga. Pero si el melón constitucional ya se ha profanado una vez sin previa consulta al populacho, ¿cuál será el problema para pasarse estos derechos ciudadanos por el arco del triunfo? Amén de en Santa Teresa, el ministro se ha inspirado en otro místico inmortal que ya reivindicó la calle como suya, don Manuel Fraga Iribarne. Otro que no tuvo empacho en sacar a pasear su hiperdesarrollada mano diestra contra todo lo que respirara a la siniestra de su ideología El Ministro de Gobernación (¡Uy, perdón! quise decir de Interior) lo tiene claro. La paz, como las letras, entra mejor acompañada de una buena somanta que ayude a abrir las cerradas cabecitas de los revoltosos. Lo que a lo mejor no ha valorado bien Fernández Díaz es que, con tanto parado, la gente tendrá mucho tiempo libre para rumiar la injusticia social, pintar pancartas y organizar la resistencia. Aunque también tengamos que recurrir a los clásicos y sacar del armario la lucha clandestina.
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